Las Amazonas

una web de
Eckard Wolff-Postler

Heródoto y las Amazonas

El texto que sigue es una traducción muy libre de la narración del tan viajado Heródoto (que vivió en el siglo V a. C.) sobre los orígenes del pueblo de los saurómatas.

Se dice de los saurómatas que, cuando los griegos lucharon contra las Amazonas -a las que los escitas llamaban «oior-patha» o «matadoras de hombres», que se traduce así porque «oior» es la palabra escita para «hombre» y «patha», la palabra «matar»-, se cuenta, como voy diciendo, que después de su victoria en Termodonte, los griegos se hicieron a la mar y se llevaron en tres barcos a todas las Amazonas que habían apresado y que dichas mujeres se levantaron contra la tripulación durante la travesía y que mataron hasta el último hombre. Sin embargo, como no conocían los barcos, no sabían usar el timón, las velas ni los remos.

De este modo, tras eliminar a los marineros, vagaron a la deriva a cualquier lugar que les llevasen el viento y las olas. Al final, alcanzaron la costa de Palus Maeotis (hoy día esta parte del Mar Negro se llama Mar de Azov) y llegaron a un lugar llamado Cremni o «los Riscos», que se encontraba en el país de los escitas libres. Allí desembarcaron y se precipitaron hacia las zonas habitadas; se hicieron con la primera manada de caballos, los montaron y, sobre sus lomos, se lanzaron al pillaje en las tierras de los escitas.

Los escitas eran incapaces de comprender los asaltos - las ropas, la lengua, el pueblo entero les era completamente desconocido, incluso era un enigma de dónde procedía el enemigo. Creyendo que eran varones jóvenes de su misma edad, se enfrentaron a ellos en batalla. Cayeron en sus manos algunos cuerpos muertos en la lucha y de ese modo descubrieron la verdad. Así que deliberaron y decidieron no matar a más de ellas, sino mandar un grupo de hombres jóvenes igual en número al de las mujeres, para que indagasen al respecto. Se les ordenó que acamparan cerca y que, vieran lo que vieran, que se condujeran de igual modo. Si las Amazonas se dirigían contra ellos, habrían de retirarse y evitar la batalla. Si permanecían tranquilas, los jóvenes habrían de acercarse y acampar tan cerca como fuera posible. Todo ello lo hicieron con el firme deseo de tener descendencia de tan extraordinaria estirpe.

Así, los jóvenes salieron y siguieron las instrucciones recibidas. Las Amazonas descubrieron en seguida que, para beneficio suyo, se habían acercado y abandonaron las hostilidades hacia los escitas. Y entonces, día a día, los campamentos se fueron acercando el uno al otro. Ambos bandos llevaban la misma vida; como no tenían otra cosa que sus armas y sus caballos, tenían que sustentarse cazando y recogiendo comida.

Al final, la suerte unió a dos de ellos: el joven alcanzó con facilidad los placeres de ella, que, por señas (ya que no se entendían), le indicó que al día siguiente trajera a un compañero al mismo sitio donde se habían encontrado y le prometió que ella traería a otra mujer.

Así lo hizo y la mujer cumplió su promesa. Cuando los demás jóvenes se enteraron de lo que había sucedido, buscaron y encontraron los favores de las Amazonas.

En consecuencia, los dos campamentos se unieron, los escitas vivieron con las Amazonas como esposas, pero fueron incapaces de aprender su idioma. Sin embargo, las mujeres dominaron pronto la lengua de sus maridos. Cuando pudieron comunicarse, los escitas se dirigieron a las mujeres en los siguientes términos: «Tenemos parientes y posesiones. Dejemos este tipo de vida. Volvamos con nuestro pueblo y vivamos con ellos. Seréis nuestras mujeres como aquí y os prometemos que no tendremos otras».

Pero las Amazonas respondieron: «No podemos vivir con vuestras mujeres -nuestras costumbres son muy diferentes a las suyas. Tirar de los bueyes, lanzar jabalinas, montar a caballo, ésas son nuestras ocupaciones. No sabemos nada de deberes femeninos. Vuestras mujeres, sin embargo, no hacen nada parecido, sino que se quedan en casa, se dedican a sus cosas de mujeres y no salen a cazar ni a otras cosas por el estilo. Nunca podremos estar en paz con ellas. Pero si de veras queréis tenernos por esposas y portaros con nosotras con total honradez, entonces, id con vuestros mayores, pedidles vuestra herencia y volved rápido con nosotras y viviremos aquí todos juntos».

Los jóvenes consideraron de su gusto este consejo y lo siguieron. Fueron y recibieron lo que era suyo, volvieron y se reunieron con sus mujeres, que entonces les dirigieron estas palabras: «Sentimos vergüenza y miedo de seguir viviendo en este país. No sólo les hemos robado a vuestros padres, sino que también les hemos infligido grandes daños a los escitas con nuestros ataques. En vista de que estáis decididos a tenernos por esposas, concedednos nuestro deseo: dejemos este país y asentémonos más allá del Tanais».

De nuevo los jóvenes consintieron. Cruzaron el Tanais y recorrieron una distancia de tres días al Este de dicho río y otros tres días hacia el Norte del Palus Maeotis. Allí encontraron el país en que viven hoy y se asentaron definitivamente.

Las mujeres de los saurómatas han seguido manteniendo sus costumbres desde entonces hasta ahora; a menudo van de caza a caballo junto con sus maridos, muchas veces, incluso sin compañía; luchan en las guerras y visten igual que los hombres. Los saurómatas hablan la lengua de los escitas, pero no demasiado bien, ya que las Amazonas no aprendieron el idioma bien del todo. Su ley del matrimonio determina que una mujer no se puede casar antes de haber matado a un hombre en guerra. En consecuencia, suele suceder que una mujer muera sin casarse porque no ha sido capaz de cumplir con esa condición.


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