Las Amazonas

una web de
Eckard Wolff-Postler

Las Amazonas
y la Guerra de Troya

Por supuesto, una querella por una mujer fue la razón de la guerra entre griegos y troyanos. Y a pesar de que Homero describe la guerra en detalle, las Amazonas son mencionadas como un motivo menor. Sólo he podido encontrar dos citas:

«… y vi la turba de guerreros frigios, dominadores de veloces caballos, hombres de Otreo y el divino Migdón, que acampaban a orillas del Sangario. Yo, su compañero que me contaba entre ellos, el día que llegaron las Amazonas, iguales a los hombres».

«"Y ésta", así dijo (Aquiles), "ha sido la batalla más dura entre hombres que jamás he visto". Y por tercera vez derrotó a las Amazonas semejantes a varones…».

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Pero más tarde, Quinto de Esmirna hace un relato completo de la aparición. He aquí un resumen:

La guerra llevaba estancada desde hacía tiempo, en ambos bandos se lamentaban por las muchas bajas. El mejor guerrero de Troya, Héctor, había muerto a manos de Aquiles quien, a su vez, había perdido a su amigo íntimo, Patroclo, por lo que estaba desconsolado. Completamente descorazonados, los troyanos se fueron a cubrir detrás de las murallas de la ciudad esperando un milagro.

Y el milagro se hizo realidad encarnado en Pentesilea, la princesa de las Amazonas, y sus doce acompañantes. Cuando entraron en la ciudad a lomos de sus corceles, con brillantes armaduras y armas en ristre, una cierta esperanza pareció apoderarse de los ciudadanos sitiados.

Quinto lo exalta con exceso:

Y ahí llegaron las doce, y cada cual
parecía una princesa hambrienta de guerra y feroz batalla;
cada una tenía su fama bien ganada, pero servía
a Pentesilea, que sobresalía por encima de todas.
Igual que entre las estrellas del ancho cielo
brilla en su trono por encima de todas la Luna.
[...]
A la derecha, a la izquierda, en todas partes se apiñaban
los troyanos y se congregaban para ver maravillados
a la hija de los dioses guerreros que nunca se cansan, a la virgen con armadura
sólo comparable a dioses, puesto que en su cara
brillaba una belleza, una gloria temible.
Con una sonrisa atractiva; debajo de sus cejas,
lucían unos preciosos ojos, como estrellas que miran de través,
y relucían sus mejillas
con la púrpura de la castidad, derrochaba
una gracia que no era terrena unida al atrevimiento en la batalla.


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También se mencionan los nombres de las doce acompañantes: Clonia, Polemusa, Derinoe, Evandra, Antandra, Bremusa, Hipótoa, Harmótoa, Alcibia, Derimaquea, Antíbrota y Termodosa.

Sin embargo, Pentesilea no era feliz. En una cacería en casa había errado un lanzamiento con la jabalina y había matado a su hermana Hipólita. Le corroía la conciencia y esperaba aplacarla con una empresa de calibre y audacia.

Quinto de Esmirna lo pone negro sobre blanco:

Y más adelante su belicosidad la condujo
a limpiar de la lacra de las siniestras muertes
su conciencia y a conciliarse mediante el sacrificio
a las terribles Eríneas, que violentas
por la hermana muerta justamente estaban acosándola
invisibles: para siempre habían de seguir de cerca
los pasos de la pecadora, no hay escapatoria de la cólera de las diosas.


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Sin embargo, en Troya florecía la esperanza. Príamo, el rey de la ciudad, mandó celebrar un banquete en honor de Pentesilea. Ninguno esperaba de esta bonanza otra cosa que rechazar a los atacantes griegos mar adentro, al sitio del que venían.

Con sumo cuidado, a la mañana siguiente, Pentesilea se enfundó la armadura y eligió sus armas: se puso unas glebas de oro, un cinto del color del arco-iris y su espada en una vaina de plata y marfil. El casco estaba tocado con una melena de cabellos dorados, por lo que, con la brillante armadura puesta, era similar al destello del más alto de los dioses. En la mano izquierda llevaba dos jabalinas además del escudo, en la derecha una alabarda bien afilada. A lomos de su caballo de guerra, regalo de los tracios, había dejado atrás la ciudad en dirección a la confusión de la batalla, que habría de ser su primer -y último- encuentro con los griegos; los troyanos la seguían por miles como las ovejas siguen al carnero.


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Los griegos no podían creer que los troyanos pudieran volver al ataque tan poco tiempo después de la muerte de Héctor, su héroe, y repusieron sus defensas con tardanza. Igual que un torbellino fueron contra ellos Pentesilea y sus Amazonas; y contrarrestaron sus primeras oleadas. Entonces cayó la primera de las Amazonas. Clonia fue la primera en morir, después fue Bremusa. Una tras otra fueron perdiendo la vida en el tumulto. Pero los griegos también sufrieron amargas pérdidas, Pentesilea estaba luchando como una leona y los guerreros griegos caían a su alrededor como las espigas de maíz con la guadaña.

Sin embargo, Pentesilea buscaba al más fiero de los guerreros griegos, cuya jabalina atravesó a Héctor y a manos del cual habían caído tantos héroes troyanos hasta entonces: Aquiles, el hijo de Peleo, el centro del ejército griego, la fuente de su fuerza. Pero se había quedado con Áyax llorando ante a la tumba de su amigo Patroclo y nada sabía del ataque de los troyanos.

Los barcos de los griegos casi estaban ya al alcance los de los troyanos, que amenazaban con lanzar las víctimas a las llamas, con lo que no habría lugar para súplicas ni retiradas. Entonces, Áyax oyó el alboroto y se lo hizo notar a Aquiles. Los dos se pusieron las armaduras a toda prisa y corrieron al campo de batalla. Nada podría haber reforzado más la moral de los griegos en ese momento.

Pentesilea atacó a Aquiles, pero sus dos jabalinas salieron escupidas del escudo y de las glebas. Mandó a sus camaradas que se defendieran de la Amazona. Le arrojó el dardo que había puesto fin a la vida de tantos y tan nobles guerreros. Acertó a Pentesilea por encima del pecho derecho y la traspasó. Sus últimas palabras fueron: «¡Ay! ¡Quiero vivir!».